Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Imposible —exclamaba— imposible, no lo puedo creer, pero si yo, yo mismo los he visto… ¡oh! ese beso que aún resuena en mis oÃdos… ¿quién lo hubiera creÃdo? Él, que juraba amor…, él, a quien por desgracia amo… no… no le amo ya; le amé, le amé con toda mi alma; hoy le detesto, le aborrezco con todo mi corazón… con razón estaba triste, preocupado… me vengaré de él, que me engaña… de ella, que me robó su amor… sÃ, de ella, de ella, ¿qué me importa que sea la reina? Me vengaré aunque tenga que vender mi alma al demonio… Está en mis manos, tengo su secreto, tengo su honra en mi poder, la haré pedazos, referiré a todos cuanto sé, cuanto he visto, y hoy mismo esa mujer orgullosa que se llama la reina, será la fábula de toda la corte… ¡Ah! Valenzuela, tú no conoces cómo yo sé vengarme, porque tú ignoras la historia de don José de Mallades… tú, don Fernando, eres mi perdición, por ti he hecho morir a un hombre… y sin embargo, aún me burlas… te odio, y tú sufrirás las consecuencias de tu falsÃa.
Eran las once de la mañana de aquel dÃa y en toda la corte no se hablaba sino de un escándalo que se habÃa descubierto en la madrugada.
Damas y caballeros, jóvenes y viejos, se comunicaban bajo mucha reserva los detalles que a su alcance habÃan llegado de aquel suceso.