Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿Sabe ya vuestra merced, señor marqués, la nueva que corre en la corte? —decía don Antonio de Toledo, hijo del duque de Alba, al marqués del Valparaíso que se acercaba a un grupo de jóvenes caballeros que hablaban en una de las antecámaras.

—No a fe —contestó el de Valparaíso— y holgárame de saberlo por tan noble conducto como el de vuestra merced.

—Pues quizá valga el pediros las albricias, que se trata nada menos que de unos reales amores.

—¿Nuestro joven soberano don Carlos II tiene ya amores en tan temprana edad, y cuando aún no empuña las riendas del gobierno?

—¿Y quién a dicho a vuestra merced que se trata de nuestro joven soberano, que Dios guarde?

—Creí haber escuchado que de reales amores me hablaba vuestra merced.

—Reales en efecto he dicho, que reales amores son los de nuestra señora y reina doña María Ana de Austria.

—Dios ponga tiento en los labios de vuestras mercedes, y les dé memoria para no olvidarse del duende…

Los jóvenes soltaron una alegre carcajada.

—¿De qué ríen con tantas ganas vuestras mercedes? —preguntó como cortado de aquella hilaridad el marqués de Valparaíso.


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