Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —No lo tome vuestra merced a lo serio —dijo otro de los jóvenes— don Antonio de Toledo, le referirá el lance, y aseguro a vuestra merced que reirá del duende como nosotros.
—Veamos, veamos —dijo el marqués.
—Es el caso —dijo el de Toledo— que según lo averiguado anoche, o mejor dicho, hoy a la madrugada, no hay tal duende, porque el duende es un hombre como vuestra merced y como yo, que vive y anda entre nosotros, y juzgando piadosamente no es ni ángel caÃdo ni cosa que se le parezca, sino un cristiano viejo, y español de nacimiento.
—¿Y quién es él?
—Aquà está lo curioso del lance, que me han referido en secreto, y que yo cuento a vuestras mercedes por la gran confianza que me merecen: el duende es… pero señores… secreto… es el amante de S. M.
—¡El amante de S. M.! —exclamó el de ValparaÃso—. ¿Y quién es el amante de S. M.?
—El duende —contestó con burlesca solemnidad don Antonio de Toledo.
—¿Y el duende es?
—El amante de S. M., porque el amante y el duende son una misma y sola persona.