Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Pero vamos, explÃquenos vuestra merced más, si más sabe como yo lo creo: el nombre, el nombre de ese mortal felicÃsimo, porque la reina nuestra señora, es además de reina, y perdóneme mi falta de respeto, la más hermosa y linda dama de toda la extensa monarquÃa española.
—Amén —dijo el de Toledo— soy de la misma opinión que vuestra merced, por más que la envidia saque los cuernos en todos nuestros razonamientos, que si a deciros voy la verdad, holgárame de hallarme en el lugar del feliz duende, o cuando menos de encontrarme una mujer como la reina aunque no pisara las gradas del trono.
—Ciertamente; ¿pero cuál es el hecho?
—Escuchadme, que voy a decÃroslo en secreto.
Todas aquellas cabezas se acercaron y el grupo se unió completamente, y en el mayor silencio todos se dispusieron a escuchar.