Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Es el caso —dijo don Antonio de Toledo— que una de las damas de palacio, que estaba despierta y levantada a deshoras de la noche, quizá pensando en alguno de vosotros, o en otro, que eso no importa, creyó oír ruido en uno de los pasillos que conducen a la cámara de S. M.; la curiosidad es el valor de las mujeres, y a riesgo de encontrarse con el duende, la dama salió de su aposento y se puso en acecho. El ruido había cesado, pero la curiosidad no estaba satisfecha, y un paso ahora y otro dentro de un minuto; avanzando, retrocediendo, deteniéndose, procurando no hacer ruido, temblando y conteniendo hasta la respiración, nuestra heroína, siguiendo la dirección que creyó prudente, llegó hasta la puerta de la cámara de la reina…

—¿Y las puertas?

—Ahí está el prodigio; todas estaban abiertas; la dama se detuvo, había llegado hasta el sagrario, no pudo avanzar más, no podía ver, pero podía oír, y escuchó… supongo que no la culparán vuestras mercedes, porque habrían hecho lo mismo en su caso.

—En efecto.

—Podía ser aquello una asechanza contra S. M., y era preciso vigilarla, cuidarla.

—¡Muy bien hecho!


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