Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—En la real cámara se escuchaba murmullo de voces, diálogo animado; la dama acercó el oído… precaución no sólo disculpable, sino digna de elogio, ¿es cierto?

—Cierto.

—La dama conoció la voz de S. M. pero la del joven (porque es un joven) no pudo conocerla: se hablaba, señores… de amor…

—¿De amor?

—Sí, de amor: aquel era un nido de palomas. La dama, como era justo, se retiró por discreción; esto la abona ¿es verdad?

—Es verdad.

—Pasó un largo rato, y la dama no quiso alejarse de allí, porque sabiendo de lo que se trataba creyó de su deber no abandonar a su soberana dejándola expuesta a ser sorprendida en su real secreto por un imprudente: creo que obró con lealtad.

—Eso es, eso es muy leal.

—Por fin quiso escuchar para conocer si ya debía retirarse y no verse sorprendida allí, a lo que le hubiera dado S. M. una interpretación muy desfavorable.

—Podía suceder.

—Escuchó, y ya se hablaba de la corte, y S. M. decía al joven: «En esta noche se ha portado como siempre mi amado duende».


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