Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Está claro, el duende…

—Era el amante mismo: la mañana avanzaba y el joven se despidió de su augusta amada: nuestra heroína, para no ser vista se refugió en uno de los ángulos oscuros del aposento, y S. M. salió hasta la puerta a dejar a su amante, dándole por despedida el beso más sonoro y amoroso que registra la historia.

—¡Cómo no fue a mí! —dijo uno de los jóvenes saboreándose.

—O a mí —contestó don Antonio de Toledo— la dama oculta miró todo esto a la luz de las bujías de la estancia real, que salía por la puerta en donde estaban los amantes.

—Y por supuesto —interrumpió el de Valparaíso— esa dama, que a lo que decís es joven, sentía antojos y tentaciones de muerte.

—Tal no me refirió, pero supongo cristianamente que así pasaría, que eso, de contado solo, se antoja, cuanto más oído y visto; pero entonces la dama reconoció al galán a quien pudo ver muy a su sabor.

—¿Y quién era él?

—Don Fernando de Valenzuela.

—¡Valenzuela! ¡Valenzuela! —dijo uno.

—Un hidalguillo de Ronda —exclamó el otro.

—Un hijo de las malvas —agregó el marqués.

—El mismo, señores, el mismo —dijo don Antonio de Toledo.


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