Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Me parece imposible.
—Y a mÃ.
—Y a mÃ.
—Eso tiene que ser una fábula, una invención, para burlarse de don Fernando y volverle loco.
—Os aseguro que como os lo he dicho, lo oà contar a la dama que lo presenció.
—EstarÃa soñando.
Don Antonio iba a replicar, cuando llegó el viejo marqués de Castel-Rodrigo, caballerizo mayor.
El marqués de Castel-Rodrigo iba sumamente agitado, y como todos los hombres a quienes preocupa una idea, se dirigió inmediatamente al grupo de jóvenes.
—¿Han visto vuestras mercedes mayor escándalo? —les dijo sacudiendo con ira la cabeza.
—No señor —contestó el de ValparaÃso— y de eso hablábamos.
—¿Pues quién dijo algo a vuestras mercedes?
—Por ahÃ: voces sueltas… pero no lo creemos.
—Pues es cierto: ¡caballerizo primero! ¡caballerizo primero!
—¿Pero quién, señor? —preguntó el de ValparaÃso…
—¿Pues quién? Él, él, don Fernando de Valenzuela.
—¿El amante?…