Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Yo no me mezclo en eso de amores, ni me importan —dijo el de Castel-Rodrigo— pero ese hombre no podÃa ser caballerizo primero porque no tiene tÃtulo de nobleza.
—Diga eso vuestra merced a la reina nuestra señora.
—Ya se lo dije.
—¿Y qué contestó S. M.?
—¿Qué? que don Fernando de Valenzuela es ya marqués de san Bartolomé de los Pinales… ¡esto es inaudito!
El marqués de Castel-Rodrigo se alejó furioso, y los jóvenes, como asombrados, se miraron entre sÃ.
—TenÃa razón don Antonio de Toledo —dijo el de ValparaÃso— viento nuevo en la corte; cayó el jesuita, subió el poeta, «el rey ha muerto, viva el rey».