Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De cuán acertadamente dijo el que dijo que «cuando Dios da, da a manos llenas»
Ni la privanza de don Fernando era ya un misterio, ni el amor de la reina un secreto.
En el sistema de gobierno despótico, que si es sistema, llamarse puede de favoritos, el cambio de uno de estos validos, equivale al cambio completo del gobierno.
Uno dijo, que tratándose de absolutismo era preferible el gobierno de una reina al de un rey, porque conforme a la regla general, en el gobierno de un rey los que gobiernan son las mujeres que los dominan, y en el gobierno de una reina el gobierno está en las manos de los hombres.
Si esta reflexión se hubiera hecho en otro tiempo, quizá no existiría la ley Sálica.
Doña María Ana de Austria se dejaba dirigir y gobernar completamente por don Fernando de Valenzuela.
El miedo del duende había desaparecido, pero en cambio Valenzuela había heredado el nombre, y todos, en su ausencia por supuesto, le llamaban el duende, lo cual no impedía que don Fernando se viese rodeado de una inmensa turba de cortesanos que le adulaban; y los mismos que en la víspera no se hubieran dignado ni saludarle, a porfía le asediaban para obtener de él un apretón de manos, una palabra, una sonrisa siquiera.