Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Don Fernando era ya en la corte, no sólo el favorito de la reina, sino verdaderamente el hombre a la moda.
Joven, gallardo y apuesto hombre; de gran talento, poeta de agudo ingenio, don Fernando no tenía necesidad sino de un gran teatro donde lucir, y el amor de la reina le había abierto las puertas de la corte, y Valenzuela encantaba a las damas con su bizarría y arrojo en una lid de toros, y las fascinaba con su conversación o con sus poesías.
Los hombres más sensatos respetaban sus sentencias, y los más bravos espadachines procuraban evitar con él un encuentro.
Tan brillantes cualidades, alumbradas por los reflejos del poder, tornaron a don Fernando en muy poco tiempo en una especie de ser privilegiado que no podía contemplarse sino al través de la atmósfera de prestigio que le rodeaba.
Las damas envidiaban a la reina su galán, y sólo doña Inés de Medina devoraba en secreto sus rabiosos celos, y trabajaba incesante y sordamente para llevar adelante sus planes de venganza.
Apenas pasaba la impresión que había causado en la corte el nombramiento de caballerizo primero que la reina concedió a don Fernando, cuando el marqués de Castel-Rodrigo dejó de existir y Valenzuela fue promovido en su lugar a la vacante plaza de caballerizo mayor.