Las dos emparedadas
Las dos emparedadas El dÃa en que Valenzuela recibió este nuevo nombramiento, le anunciaron que don Antonio de Benavides deseaba hablarle. Don Fernando le hizo entrar, y Benavides se presentó casi con timidez.
—Grande fortuna es la mÃa —dijo Valenzuela— cuando puedo verte por mi casa.
—TemÃa, don Fernando —contestó Benavides— que la altura a que has llegado te impidiese reconocerme.
—Mal me juzgas, Antonio, si tal piensas: tú eras mi único amigo en los dÃas en que era yo el hombre más desvalido de la corte.
—CreÃa no serlo hoy que eres sin duda el más poderoso.
—Burlando mi buena fe, Benavides, cuando te creà un sabio astrólogo, me auguraste que llegarÃa yo a ser grande, y ya casi lo soy: tu predicción se ha cumplido.
—Espero que me hayas perdonado completamente aquella burla; llegaste a pedirme tu horóscopo; tú eras mi amigo, nada podÃa yo darte más que ilusiones, ilusiones te di, pues, y Dios ha querido convertirlas en realidad; yo, aunque te quiero, no te adulo, y puedes creerme; tú mereces tantos favores de la fortuna.
—Gracias, Benavides; el cariño te hace faltar a la justicia; ¿y qué piensas tú que me guardará el porvenir?