Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¡Te burlas, Valenzuela!, ¿qué puedo yo decirte del porvenir?, tentado estoy a creer que aún recuerdas al astrólogo.
—Confesarte quiero la verdad, Benavides, aún lo recuerdo: dos predicciones escuché de tu boca; quizá las dos las pronunciaste sin conciencia de lo que decÃas, pero ambas se han cumplido.
—Tú has hecho fortuna en la corte…
—Y don José de Mallades murió en el garrote.
—Es verdad —contestó melancólicamente Benavides.
—¿Y la desgraciada Laura?
—Hoy puedo ya confiarte este secreto, por si tú puedes alcanzar algo de la reina en su favor; doña Laura ha sido aprehendida por mÃ, de orden del padre Nitardo, nuestro protector, y remitida a México con encargo al virrey de ponerla reclusa en un convento.
—¿Pero por qué causa?
—La ignoro completamente.
—¡Pobre Laura! yo la salvaré.
—Bien lo merece, es muy desgraciada.
—¿Y tú, Benavides, no quisieras algo para ti?, ¿no te he ofrecido que si el viento soplaba mi bajel en la corte, tú serÃas por lo menos piloto? ¿Deseas algo?
—SÃ.
—Pues habla, dime.