Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Una sola cosa, que bien poco te costará concedérmela.

—Te juro que lo haré.

—Pues bien, tu amistad, y nada más tu amistad, como siempre.

Don Fernando, con los ojos nublados por el llanto, tendió los brazos: Benavides se arrojó en ellos conmovido.

Valenzuela se sintió feliz al encontrar en medio de la corte aquel corazón tan noble y tan desinteresado.

—Bueno —dijo Benavides— ¡qué demonio! ya sabes cómo soy yo con las personas que me quieren; tú lo has visto, les sirvo hasta de astrólogo: por S. M. y por ti la vida: mira, yo soy discreto y silencioso como un sepulcro… y no más.

—Te comprendo —contestó Valenzuela.

Y porque no podía ya contenerse, Benavides salió precipitadamente de la estancia.

Los que lo vieron salir tan emocionado dijeron:

—Ése ha llevado ya un desengaño cruel con el duende.

Benavides decía en su interior:

—Será porque quiero de corazón a don Fernando, y porque aún no olvido la suerte del padre Nitardo, pero me parece que esto va a tener un fin desastroso, ¡Dios no lo permita, porque tiene un corazón de ángel!


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