Las dos emparedadas

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Valenzuela decía para sí:

—Me alegro de que Benavides no me haya dicho lo que presiente acerca de mi porvenir, porque tiemblo ya de sus predicciones, y sin embargo, quizá éste es el único amigo verdadero que tengo en la corte.

Doña Inés de Medina no cesaba de conspirar, y era todo su empeño reanimar a los partidarios de don Juan de Austria para volver a los tiempos borrascosos de la lucha entre austriacos y nitardinos.

La rápida fortuna de Valenzuela fascinó al principio a todos los nobles, en tales términos que nadie se atrevió a combatirle: mucho se esperaba de él, y mucho se le temía, y por otra parte, no era lo mismo provocar el enojo de un anciano que no tenía más armas que un breviario, que habérselas con un joven que sabía como el mejor, dar una estocada o manejar la lanza y el corcel de batalla.

Pero aún el orgullo de la nobleza debía sufrir otro golpe.

Don Fernando de Valenzuela, marqués de san Bartolomé de los Pinales y caballerizo mayor, fue declarado por la reina, grande de España de primera clase.

Doña Inés seguía alimentando un odio terrible.


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