Las dos emparedadas

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VII

Cómo doña Inés de Medina comenzó a dar traza de ganarse el corazón de un niño, y lo que alcanzó en esta empresa

En el año de 1675 se le había puesto ya su casa al rey. Valenzuela, como árbitro de todos los destinos, había hecho los nombramientos a su gusto; procurando y creyendo con esto, atraerse amigos y partidarios entre los agraciados. El duque de Alburquerque había sido nombrado mayordomo mayor; el Almirante de Castilla, caballerizo mayor y el duque de Medina, sumiller.

Con estas personas que rodeaban al rey, y que debían naturalmente poseer su confianza; meditó unirse doña Inés para lograr sus planes.

El duque de Alburquerque era uno de los mayores amigos del marqués de Río Florido, y como tal frecuentaba la casa de éste.

Doña Inés, que no tenía ya interés en permanecer en palacio, solicitó separarse del lado de S. M. pretextando una enfermedad, y Valenzuela con el deseo de verse libre de ella, porque le parecía un testigo inoportuno, influyó para que le fuese concedido sin dificultad.

Doña Inés, en la casa de su padre, procuró una oportunidad para encontrarse a solas con el duque, y lo consiguió.


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