Las dos emparedadas
Las dos emparedadas ¿Y le alcanzaría toda su vida para verlos pasar realmente?
Es porque el alma, menos la eternidad, el infinito, todo lo ve pequeño.
El cuerpo todo lo siente grande, porque no tiene más que sentidos, y los sentidos son en sus facultades muy limitados.
Así sin querer casi hemos encerrado en unas cuantas horas, largos años de fortuna y de felicidad para el amante de doña María Ana de Austria.
Don Fernando de Valenzuela había llegado en valimiento a donde nunca llegó el padre Nitardo.
Pero Valenzuela procuraba hacerse amar, buscaba instintivamente apoyo, deseaba conseguir eso que hoy se llama popularidad.
Tan luego como sintió en sus manos el poder, secretamente dando fuertes cantidades de su caja particular construyó varios edificios, hizo reponer las fachadas del palacio, hizo abastecer abundantemente a Madrid para que todo estuviese barato.
Hacía representar comedias hechas por él, en las que el pueblo tenía entrada gratis.
Daba frecuentes corridas de toros para tener entretenida a la gente, y mandó fabricar el puente de Toledo sobre el Manzanares.
Los pobres tenían alimentos baratos, trabajo y diversiones, y el pueblo estaba contento con Valenzuela.