Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Pero el pueblo suponía muy poco; la nobleza era la que contaba con la influencia, y la nobleza no podía querer a Valenzuela.

Para la nobleza, aquel hidalgo era casi un plebeyo, y quizá le perdonaban su elevación y sus riquezas y sus honores y el amor de la reina, a pesar de que cualquiera se soñaba más merecedor de todo eso que él; pero lo que de seguro ninguno de ellos podía sufrir era su talento, la superioridad de su ingenio.

No hay cosa que irrite más a las medianías que el triunfo de la inteligencia, porque nunca se convencen de que les falta, y la envidia, que es el peor de los vicios, es el más diligente de los consejeros del mal.

Valenzuela, como hombre superior, vivía rodeado de enemigos.

Sin embargo, ocupado constantemente en sus trabajos, dedicando sus horas de descanso a las tiernas y amantes pláticas de la reina, y no pensando sino en un porvenir de felicidad, don Fernando no presentía siquiera que la tempestad misma que había hundido al padre Nitardo se estaba formando sobre su cabeza.

Una mañana muy temprano, don Antonio de Benavides entró a ver a don Fernando.

—Buenos días —le dijo Valenzuela al verlo— qué temprano andas por aquí.

—Quizá sea tarde ya —contestó Benavides.


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