Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Pues mira, soñaba que te veÃa… no… era un bosque: allà cruzaban hombres desconocidos para mÃ, y entre ellos uno que yo no conocÃa, pero que sentÃa yo por él cierto cariño que no puedo explicarte… yo no estaba allÃ, pero no sé cómo le pregunté a uno de los que pasaban quién era aquel hombre, y él me dijo: ¡es la sombra del rey Felipe II!… Luego; aquella sombra pasó a tu lado, diste un grito y te vi caer cubierto de sangre… aquel que te habÃa herido estaba fuera del alcance de mi furor… ¡Por Dios! Valenzuela; tú que tienes tan claro talento explÃcame ese sueño, porque me ha preocupado mucho: ¿qué significa?
—Señora mÃa, no hagas caso de esos sueños que nada significan.
—Es verdad, y nunca habÃa yo pensado en ellos, pero te amo tanto, Valenzuela, que cualquier cosa que tiene relación contigo, me afecta, me preocupa… y ese sueño… ese sueño… no sé por qué no puedo olvidarle un instante.
—Cálmate, amor mÃo; tú no sufrirás ninguna desgracia, porque no la mereces y Dios es justo.
—Espero y confÃo en Él, Valenzuela.
Don Fernando tomó de un sitial su sombrero que habÃa dejado allÃ, y se levantó.
—¿Te vas, mi bien? —dijo la reina.
—SÃ, el dÃa avanza; me esperan muchas personas, y quizá el rey estará ya impaciente por mi tardanza.