Las dos emparedadas
Las dos emparedadas En efecto, don Fernando hablaba en aquellos momentos con doña María Ana.
El favorito vestía un rico traje negro bordado de plata, y en su sombrero ondeaban plumas negras y blancas; esto era como se decía en la corte la librea con los colores de la reina.
La reina vestía un amplio peinador de seda blanca, y sus cabellos, escapándose de una redecilla que los aprisionaba, caían sobre su blanco cuello y sobre sus hombros mal encubiertos por el peinador.
—Valenzuela —decía la reina— no sé por qué estoy triste, he pasado una noche horrible; he soñado cosas espantosas, mi dueño.
—¿Soñabas, amor de mis amores, que ya no me amabas?
—¡Oh! hay cosas que ni en sueños se pueden ver, y si hubiera soñado tal cosa, bien mío, el mismo sueño me habría ahogado.
—¡Qué buena eres, señora; y cuánto te amo!