Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De lo que rey Carlos II hizo con don Fernando de Valenzuela en una cacería
Preparativos muy grandes se hacían en la corte para asistir a una cacería, en la que por primera vez iba a presentarse el rey.
Damas y caballeros debían ser de la partida, y toda la nobleza se daba el parabién y se disponía para aquella fiesta.
Amaneció por fin el deseado día: la reina no concurría, pero sí Valenzuela.
Apenas la luz triste de la mañana comenzaba a blanquear los horizontes y ya en palacio se sentía un grande y extraño rumor.
Los patios estaban llenos de arrogantes caballos enjaezados con riquísimos arneses, en los que brillaban el oro, la plata y la seda.
Las damas con graciosos sombrerillos, sobre los que se agitaban pintadas plumas, esperaban el momento de la partida, recogiendo con una mano las largas caudas de sus vestidos y llevando en la otra un latiguillo con puño de oro o de piedras preciosas.
Aquella no era la comitiva del rey: era la que debía marchar a encontrarle acompañando a don Fernando de Valenzuela.
Todos comenzaban ya a impacientarse porque el favorito les hacía esperar y por lo bajo se decía que estaba en la cámara de la reina.