Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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IX

De lo que rey Carlos II hizo con don Fernando de Valenzuela en una cacería

Preparativos muy grandes se hacían en la corte para asistir a una cacería, en la que por primera vez iba a presentarse el rey.

Damas y caballeros debían ser de la partida, y toda la nobleza se daba el parabién y se disponía para aquella fiesta.

Amaneció por fin el deseado día: la reina no concurría, pero sí Valenzuela.

Apenas la luz triste de la mañana comenzaba a blanquear los horizontes y ya en palacio se sentía un grande y extraño rumor.

Los patios estaban llenos de arrogantes caballos enjaezados con riquísimos arneses, en los que brillaban el oro, la plata y la seda.

Las damas con graciosos sombrerillos, sobre los que se agitaban pintadas plumas, esperaban el momento de la partida, recogiendo con una mano las largas caudas de sus vestidos y llevando en la otra un latiguillo con puño de oro o de piedras preciosas.

Aquella no era la comitiva del rey: era la que debía marchar a encontrarle acompañando a don Fernando de Valenzuela.

Todos comenzaban ya a impacientarse porque el favorito les hacía esperar y por lo bajo se decía que estaba en la cámara de la reina.


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