Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿Qué os lo impide? —exclamó el rey con vehemencia.

—Tengo miedo a la reina mi señora y a Valenzuela.

Carlos II se puso lívido de la cólera, y sus ojos arrojaron llamas; doña Inés había tocado en la llaga y casi se espantó de su audacia.

—¿Teméis eso? Pues hacéis mal; aquí yo soy el rey, y yo no consentiré que nadie se atreva a tocaros; mi corazón se ha inflamado al veros, y yo quiero amar y ser amado; lo quiero; soy el rey, y queriendo vos nadie podrá oponerse.

—V. M. tiene razón, es el rey, pero V. M. aún está bajo tutela.

—¿Señora, me amáis? Respondedme.

—Pero y…

—Respondedme, que lo demás corre de mi cuenta: quiero ser el rey, y veréis cómo sé serlo.

—Ojalá, señor.

—¿Me amáis, señora?

—Así sí, señor; pero por Dios que V. M. guarde el secreto.

—Soy rey y caballero.

En este momento la cabalgata llegó cerca de ellos, y la conversación se suspendió.


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