Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Alguien viene allí —dijo el rey— vámonos por otro lado, que quiero estar solo.

—Son el marqués de Río Florido y su hija —contestó el duque— personas muy adictas a la causa de Vuestra Majestad.

—¡Ah! ¿Son ellos? —dijo el rey casi turbado— en tal caso si lo crees prudente les hablaremos.

—Creo que haría bien V. M. en hablarles.

Carlos no deseaba más que esto; así es que siguió adelante y muy pronto se encontró con doña Inés y con su padre.

El marqués de Río Florido no esperando que el rey le hablara, se colocó de un lado de la calle para dejarle pasar, pero Carlos se detuvo y les dirigió la palabra.

Doña Inés le contestó, y conforme al ceremonial para no detener a Su Majestad, comenzó a andar a su lado.

El duque tomó el brazo del marqués, y como se lo había prometido a Inés, comenzó a distraerlo.

A poco el rey y la joven se encontraron solos.

—¿Qué habéis pensado, señora, respecto de lo que acaeció esta mañana? —dijo el rey.

—Señor, que en poco ha estado que V. M. liberte al reino y se liberte a sí mismo de la tutela…

—Decía yo, señora, respecto a lo que os había yo dicho antes.


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