Las dos emparedadas

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El engañado duque se retiró creyendo cercano el triunfo, y doña Inés con el mismo pensamiento se reunió con su padre.

Poco rato después, por el jardín paseaban dos personas departiendo tranquilamente. El joven rey y el duque de Alburquerque.

—¿Qué opinión has formado, duque —decía el rey— de los acontecimientos que han tenido lugar esta mañana?

—Son casualidades, señor, que en nada deben afectar a V. M.; aunque su gran corazón sienta la desgracia del marqués de los Pinales, casi puede creer V. M. que Dios dirigió la bala para castigar el orgullo de ese hombre; ya sabe V. M. que no hay una sola de las acciones de los reyes que no sea dirigida por Dios para bien de sus súbditos; aun cuando esta acción parezca insignificante a los ojos del vulgo.

—Me consuelas, duque, porque mi conciencia no estaba tranquila; casi me arrepentía hasta de la mala voluntad que tengo a Valenzuela.

—Los corazones de los soberanos, señor, son como el espejo en donde viene a reflejarse la voluntad de Dios, y si Vuestra Majestad tiene esos sentimientos respecto de Valenzuela, Dios lo quiere así, no lo dude V. M.

En aquel instante se vieron aparecer en una de las calles al marqués de Río Florido y a su hija.


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