Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Está su real ánimo mejor dispuesto de lo que yo me esperaba: S. M. se explayó conmigo, le inspiré confianza sin duda porque le hablaba de ti con tanto entusiasmo, y me dijo que muy pronto daría un paso que sonaría en el mundo, y que rodeado de tan fieles apoyos del trono como el duque de Alburquerque, la monarquía sería feliz.

—¡Oh! ¡Esto está muy bueno! —dijo el duque con orgullo.

—Más habría avanzado, pero un grupo de jinetes, entre los que iba Valenzuela, nos impidió seguir nuestra conversación; sin embargo, estoy segura de alcanzar mucho si vuelvo a hablarle.

—¿Y por qué no le hablas? Aún tienes tiempo.

—No sé cómo conseguir el acercarme a él.

—Fácilmente, si quieres seguir un consejo.

—Cuanto me digas.

—Óyeme, él no debe tardar un instante en salir a pie por los jardines; yo le acompañaré e iremos por el estanque de los peces; si tú llegares por allí con el marqués de Río Florido, es seguro que S. M. se dirigiría a hablaros, porque yo se lo indicaría, y entonces tú podrías conversar con el rey y yo me apartaría con tu padre, ¿te parece bien?

—Perfectamente, voy a disponerme y a ir en busca de mi padre.

—Y yo voy en busca de S. M.


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