Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Por su parte el duque de Alburquerque nada sospechó, y por el contrario, se alegró infinito de aquel acontecimiento que le proporcionaba la dicha de tener a Inés más cerca de sÃ.
En la tarde doña Inés y el duque se encontraron.
—Duque —le dijo doña Inés— tengo que darte muy grandes noticias.
—¿Cuáles son ellas, vida mÃa? —preguntó el duque.
—He hablado al rey.
—¿Y qué le has dicho?
—Le he hablado de ti, de tu lealtad, de tu acierto en los consejos, de Valenzuela, de su orgullo, y ¿querrás creerlo?
—¿Qué? alma mÃa, todo cuanto me digas lo creo.
—Me atrevà a indicarle la necesidad de que él empuñara el cetro y llamara al prÃncipe don Juan.
—¡Es imposible!
—SÃ, duque.
—¿Y qué te contestó S. M.?