Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Por qué?
—Aun cuando Valenzuela hubiera muerto, V. M. quedaba sujeto a la reina mi señora, y después de Valenzuela vendrÃa otro como él vino tras del padre Nitardo, y era lo mismo.
—¿Entonces qué hay que hacer?
—¿Quién reina en lugar de V. M.?
—La reina mi madre.
—¿Y el reino de quién es?
—MÃo.
—¿Y cree V. M. que la religión manda a ningún hijo ceder el reino a sus padres por más que los ame, cuando le viene al hijo la corona por derecho divino?
—Ciertamente no.
—¿Pues entonces por qué no empuña V. M. el cetro? ¿Por qué no se desprende de esa tutela? V. M. me dice que me ama y yo quizá le ame también; yo, señor, por una pasión puedo romper con el mundo, despreciar mi decoro y caer en los brazos del rey. ¿Pero V. M. cree que yo o cualquiera otra mujer de condición tenga valor para sacrificarse por ser la dama de un niño sin poder y sin voluntad; del tutoreado del marqués de San Bartolomé de los Pinales?
—¡Señora! ¡Eso es demasiado!