Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Perdóneme V. M.; no he querido ofenderle, no he querido más que darle una idea de su situación, decirle, mostrándole la realidad: «Señor, un paso y seréis verdadero rey», y entonces, señor, seré vuestra dama y mi amor será el menor de todas las dichas que alcanzaréis. Entonces todo será vuestro, al paso que hoy estáis como preso en una cárcel de oro y os divierten con un juguete mientras os usurpan una corona.

—Tenéis razón, señora, tenéis razón, ¿pero qué hago?, ¿de quién voy a valerme? Todos los que me rodean son hechuras y amigos de Valenzuela y de mi madre.

—Menos yo, señor.

—Vos… pero es que aun apenas os conozco…

—Sin embargo, por lo que he dicho a V. M. puede comprender que merezco la confianza, si no el amor de V. M. como me había dicho.

—Es verdad… ¿y me amáis?

—¿Si no os amara, señor, desearía veros en el trono, brillando como un sol sin nubes?

—¿Y qué creéis que debo hacer?

—Señor, llame V. M. al príncipe don Juan de Austria su hermano, y en él tendrá V. M. un ministro fiel, un consejero sabio y un gran guerrero.

—¿Y de quién podré valerme para llamarle? ¿Quién le escribirá?

—Yo, señor.


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