Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿Vos, también eso?

—Sí señor, y yo me encargaré de que llegue a su poder la carta de V. M.

—Me admiráis.

—Es porque V. M. no sabe todo lo que es capaz de hacer una mujer enamorada.

—¿Y vos lo estáis? —preguntó el rey acariciando a doña Inés.

—Casi lo estoy, señor…

—¿Pues qué esperáis para estarlo verdaderamente?

—Espero que el hombre a quien amo llegue también a ser verdaderamente hombre.

—Pronto lo será.

—Plegue a Dios, señor; que si he de decir la verdad, anhelo por caer en sus brazos.

—Adelantad el día.

—Temo que entonces él se olvide por la dama, de la España, y no quisiera yo ser causante de ese mal.

—Os prometo que no sucederá.

—¿Para qué quiere V. M. adelantar el tiempo? Ese mismo ánimo hará que V. M. se empeñe en destruir a sus enemigos, y el día de su triunfo será completo…

—Quisiera yo que fuese hoy —dijo Carlos mirando expresivamente a doña Inés.


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