Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Será el dÃa que V. M. quiera, porque en su mano tiene la fortuna.
—¿Cuándo escribiremos esa carta para mi hermano el prÃncipe?
—Cuando V. M. lo ordene.
—¿Esta noche?
—Esta noche.
—Bien, ¿queréis que salga a buscaros, o preferÃs llegar a mi cámara?
—Como V. M. lo quiera; nada más procurando, señor, que nadie lo advierta.
—Bien, en tal caso a la media noche estaré en el estanque de los peces, y si queréis seguirme, os llevaré a mi cámara.
—Estaré en el estanque de los peces.
—Perfectamente; ahora busquemos a vuestro padre y al duque, porque es tarde y me aguardan en mi cámara.
El rey y doña Inés no tardaron en reunirse al duque y al marqués.
El duque dirigió una mirada de inteligencia a doña Inés, que la dama le contestó, y tomada del brazo de su padre se retiró a sus habitaciones.