Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De cómo doña Inés preparó un gran cambio en la monarquía española, y de cómo el duque de Alburquerque conoció que había perdido la partida y jugado para otro
La noche había tendido sus negras sombras, y en el real palacio y monasterio del Escorial reinaba el más profundo silencio.
Parecía que todo el mundo estaba entregado al descanso y al sueño.
Sin embargo, el rey velaba en su cámara y doña Inés de Medina en la suya.
Al rey acompañaba el duque de Alburquerque y a doña Inés su padre el marqués de Río Florido, y tanto el rey como la dama habían tenido necesidad aquella noche de confiar el secreto del día.
—Precisamente a las doce tengo que estar en el estanque de los peces —decía doña Inés a su padre— el rey me aguardará allí.
—Pero a esas horas ¿una joven, una dama, una doncella recatada, una mujer principal? ¿Crees que voy a consentirlo?
—Pues ved, señor, cómo ha de ser, porque de ser tiene; el rey me espera y no creo que pueda ser cosa de hacer al rey una burla.
—¿Y crees que tu padre pueda a sabiendas dejarte asistir a la cita de un hombre en un jardín y en medio de la noche?