Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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XI

De cómo doña Inés preparó un gran cambio en la monarquía española, y de cómo el duque de Alburquerque conoció que había perdido la partida y jugado para otro

La noche había tendido sus negras sombras, y en el real palacio y monasterio del Escorial reinaba el más profundo silencio.

Parecía que todo el mundo estaba entregado al descanso y al sueño.

Sin embargo, el rey velaba en su cámara y doña Inés de Medina en la suya.

Al rey acompañaba el duque de Alburquerque y a doña Inés su padre el marqués de Río Florido, y tanto el rey como la dama habían tenido necesidad aquella noche de confiar el secreto del día.

—Precisamente a las doce tengo que estar en el estanque de los peces —decía doña Inés a su padre— el rey me aguardará allí.

—Pero a esas horas ¿una joven, una dama, una doncella recatada, una mujer principal? ¿Crees que voy a consentirlo?

—Pues ved, señor, cómo ha de ser, porque de ser tiene; el rey me espera y no creo que pueda ser cosa de hacer al rey una burla.

—¿Y crees que tu padre pueda a sabiendas dejarte asistir a la cita de un hombre en un jardín y en medio de la noche?


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