Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Con una regla así tan general creo que tendríais razón, pero cuando ese hombre es el rey, y cuando precisamente no va a tratarse de amores, aunque amores hay de por medio, la excepción es clara.

—Y sin embargo, es peligrosa.

—En ese peligro estará la fortuna de nuestra casa, porque haríamos entrar al rey en nuestra casa misma.

A pesar de la indolencia que en materias de amor tenía el marqués, tratándose de su hija, todavía quiso hacer una objeción; quizá sólo porque ella no comprendiese que cejaba tan fácilmente a la presencia de un gran interés.

—Pero ¿y el honor?

—¿El honor? —contestó Inés conociendo el carácter de su padre y comprendiendo que no buscaba más sino salir vencido— el honor no está siempre en eso que todos le llaman «honor», que quizá esto no sea sino una palabra vana: ¿Si llegase yo a ser la dama del rey, habría alguien en la corte que no tuviese a mucha honra obtener uno solo de vuestros saludos, una sola palabra mía? Mirad señor a Valenzuela, ¿quién habla de honor cuando todo el mundo sabe que es el galán de la reina? ¿Qué cabeza queda cubierta en su presencia, a excepción de la de S. M.? Del poderoso ha sido siempre el honor, como del desvalido la desgracia.


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