Las dos emparedadas
Las dos emparedadas El marqués calló, era un modo de consentir sin decir nada; doña Inés lanzó una mirada a un gran reloj de bolsa que habÃa encima de la mesa.
—Las doce van a dar —dijo levantándose— ¿queréis acompañarme?
—¿Esto más?
—Pero ¿cómo atravieso el jardÃn sola? ¿Cómo me volveré después?
—¿Qué dirá el rey mismo?
—No seré yo quien le cuente que vos me acompañáis; creerá que es algún escudero, y no más.
—Vamos —dijo el marqués.
Y tomando un sombrero y una capa salió siguiendo a doña Inés, que se cubrÃa cuidadosamente con un manto negro.
La noche era en extremo frÃa; un vientecillo helado moviendo las flores y los arbustos, levantaba un rumor ligero, y el agua que caÃa de los surtidores formaba un concierto monótono y triste.
El marqués y su hija se deslizaban como dos fantasmas.
El rey habÃa esperado con impaciencia la hora de la cita hablando con el duque de Alburquerque.
—Esta noche —habÃa dicho el rey Carlos al duque— quiero que me acompañes; tengo un negocio, y sólo tú me inspiras confianza.