Las dos emparedadas

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En efecto, había pensado que aquel hombre no era otro que don Fernando de Valenzuela, de quien ya la corte murmuraba que tenía amores con doña Inés.

El rey por su parte no se preocupó en adivinar quién sería aquel amante misterioso; bastábale saber que doña Inés le engañaba y en aquellos tiempos engañar al rey aunque fuera en materias de amor era el mayor de los delitos.

Benavides, que iba ya prevenido y suponiendo que estaba en acecho el rey o por lo menos algún enviado suyo, procuró hacer de manera que su llegada a la casa se hiciese muy notable, y ya hemos visto cómo lo consiguió.

Doña Inés esperaba aquella noche al duque de Alburquerque y permanecía en vela; oyó sonar la puerta y creyó que él sería, pero pasó mucho tiempo; Isabel no le anunció su llegada y ella supuso que se había equivocado tomando un cualquier rumor por el ruido de la puerta de su casa.

Doña Inés había conservado sus relaciones con el duque a pesar de ser ya casi la dama del rey.

El duque, crédulo hasta la puerilidad, como todos los hombres enamorados había creído que el engañado en aquel juego era el rey, que doña Inés le amaba a él, y que a Carlos II sólo le halagaba para conseguir un fin político, la caída de Valenzuela y la entrada de don Juan de Austria al gobierno.


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