Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Doña Inés esperó aún más de una hora y mirando que el duque no venía determinó no aguardarle más y se levantó casi sin intención para ir en busca de Isabel a quien suponía en espera del galán.
Se dirigió así por algunas habitaciones, y cerca ya de la escalera oyó el murmullo de dos voces.
Eran a no dudarlo un hombre y una mujer que hablaban.
Al principio creyó que sería el duque que por algún accidente imprevisto llegaba más tarde de lo de costumbre, pero las voces se alejaban en vez de acercarse.
Entonces salió; el corredor estaba oscuro, y apenas pudo distinguir a lo lejos dos sombras que se perdían en aquella misma oscuridad.
Procuró escuchar, y al momento conoció la voz de Isabel.
En cuanto a la del hombre que hablaba con ella, su misma preocupación la hizo creer que tenía semejanza con la del duque.
Acercóse más procurando no ser sentida: el galán se había despedido y decía en voz baja a Isabel:
—Mucho secreto, vida mía: que tu señora no vaya a descubrir nada.
—No temas —contestaba Isabel— nadie más que yo está interesada en que no lo conozca.
—¿Mañana vendré?
—No, porque es día que tiene que venir el rey.