Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Adiós.

—Adiós.

Doña Inés no tuvo ya duda ninguna, el duque la engañaba, la engañaba por una mujer como Isabel.

El orgullo pudo en su corazón más que los celos; creyó ridículo que Isabel conociera que ella sabía el secreto de sus amores, se sintió humillada con aquella rivalidad, y antes que Isabel se apercibiera de su presencia se retiró furiosa a su cámara y se encerró en ella.

Isabel acompañó a su amante hasta el portal de la casa, y volvió a subir tranquilamente.

Llegó hasta el aposento de su señora encontrándole cerrado, y entonces ella a la vez sin sospechar nada se retiró a descansar.

Don Antonio de Benavides salió de la casa mirando con curiosidad en su derredor.

—Vamos —exclamó— es natural que a esta hora haya surtido su efecto la tramoya, y el rey esté convencido de lo que vale su doña Inés.


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