Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De cómo el día en que doña Inés esperaba el triunfo, fue el mismo en que recibió la derrota
El rey se retiró a palacio desesperado: el primer desengaño amoroso de su corazón coincidía naturalmente con su primer golpe de experiencia.
El duque de Alburquerque no tenía ni de qué hablar a S. M., porque él se encontraba poco más o menos en la misma condición.
Al primer albor de la mañana el rey se levantó; quería pensar algo para vengarse de doña Inés, para castigarla.
Pero hubo un acontecimiento que le hizo olvidar todo aquello como por encanto.
El príncipe don Juan de Austria llegó a la corte.
El príncipe se introdujo de incógnito y llegó a la casa del marqués de Río Florido.
Desde allí comenzó a enviar recados al rey para animarle a que diese el golpe de gracia a la reina y a Valenzuela.
Doña Inés, que ignoraba todo lo que sentía don Carlos contra ella, por lo mismo que ignoraba lo que había acaecido la noche anterior, estaba enteramente satisfecha.