Las dos emparedadas
Las dos emparedadas A cada momento aparecÃa más clara y más decidida la voluntad del rey, y doña Inés soñaba ya en su triunfo considerando que todo aquello se debÃa a su ingenio.
Por fin, en la tarde el rey mandó aviso al prÃncipe de que estaba resuelto y que esperase sus órdenes.
Nada de esto se habÃa traslucido en palacio; don Fernando de Valenzuela seguÃa gobernando tranquilamente, la reina le amaba cada dÃa más, y nada turbaba la tranquila felicidad de que gozaban.
Don Antonio de Benavides entró a dar cuenta a don Fernando de Valenzuela del éxito de la empresa.
—Todo ha salido perfectamente —dijo Benavides— el rey recibió la carta y en la noche salió a rondar la casa de doña Inés.
—¿Y bien?
—A la hora citada llegué, y entre las sombras creà percibir un ruido, y estoy seguro de que era S. M. el que estaba en acecho.
—¿Y te verÃa entrar?
—Creo que sÃ, procuré detenerme en la puerta, y me dejé bañar por la luz que traÃa Isabel en la mano cuando salió a recibirme.
—¿Y no te conocerÃa?
—No, porque el embozo y el sombrero me cubrÃan, y procuré cambiar el modo de andar.
—¿Y el rey irÃa sólo?