Las dos emparedadas

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—Eso según el modo con que se obre; si V. M. tiene la suficiente energía, mañana al asomar la luz todo habrá cambiado y Valenzuela no será sino lo que siempre debiera haber sido, un hidalgo sin prestigio ni valimiento.

—Estoy decidido y no será energía lo que me falte.

—Considere V. M. que nos pierde a todos sus amigos, porque si el apoyo de V. M. nos falta en este lance, y después de lo acontecido, Valenzuela se vengará cruelmente de nosotros.

—No temas, duque, yo te prometo que todo saldrá bien, te he dicho que estoy decidido, y no me detendré ante ningún obstáculo.

A la mañana siguiente una noticia grave circuló por la corte y por la ciudad.

Muy temprano se supo que el rey se había salido ocultamente de palacio con un caballero, y que se había instalado en el Buen Retiro, desde donde había enviado una orden a la reina doña María Ana de Austria para que no saliese de palacio.

El escándalo era completo, todo el mundo se daba el parabién, no tenían realmente por qué alegrarse, porque además de que apenas conocían la índole de Carlos II y sus talentos para gobernar, la administración de don Fernando de Valenzuela había sido una de las más benéficas en aquellos tiempos.


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