Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —SÃ, Valenzuela, por ti, no más por ti, siento dejar al trono; por ti, porque tú merecÃas sentarte en él, porque soy tan infeliz mujer que no puedo retirarme a una cabaña a pasar mi vida a tu lado; porque pierdo la corona pero no alcanzo mi libertad; porque dejo de ser reina sin dejar de ser prisionera, y consuela no más a mi corazón que al bajar del trono no pierdo tu amor, Valenzuela, y que mientras fui reina hice cuanto pude para probarte lo grande y lo intenso de mi cariño.
—Señora, tu amor y tus beneficios vivirán siempre en mi alma y ni la muerte misma podrá arrancarlos, porque si el espÃritu sobrevive, si hay otra mansión más allá de la tumba para las almas, la mÃa guardará esta memoria.
—Valenzuela —dijo la reina llorando.