Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Había llegado el momento terrible para ella, el momento de la separación de don Fernando; la reina le envió a llamar y se encerró con él.
Al principio doña María Ana no pudo ni articular una palabra, se arrojó al cuello de Valenzuela y lloró como se llora en presencia de una desgracia inmensa, irremediable.
—Cálmate, señora —le decía Valenzuela— cálmate; Dios ha querido probar la fortaleza de nuestras almas; nuestro amor va a recibir la prueba del dolor y del martirio: señora, estoy resignado, porque Dios lo dispone así; estoy contento porque puedo probarte ahora que aún te amo más, perseguida, abandonada de todos, retirada a un convento, que sobre el trono, rodeada de una corte aduladora y disponiendo de la suerte de una extensa monarquía. ¡Cuán hermosa! ¡cuán amada eres para mí en tu desgracia, señora! Siento que estas lágrimas que viertes purifican nuestro amor…
—Valenzuela, ¡cuánto me consuelan tus palabras! ¿No me olvidarás? ¿No me abandonarás?
—¿Olvidarte, señora? ¿Abandonarte? ¿Acaso te amé porque eras reina? ¿Acaso otro móvil que el cariño ha guiado mi corazón para adorarte? Doña María Ana, te amo más en estos momentos, porque comprendo la grandeza de tu alma que en medio de la desgracia no se ocupa más que de mí.