Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De lo que aconteció a la reina doña María Ana de Austria y a don Fernando de Valenzuela
La reina pasó todo el día llorando en su cámara, encerrada y sin más compañía que la de doña Eugenia.
En aquellos momentos de desgracia, como sucede siempre en el mundo, todos la habían abandonado y el aislamiento en el infortunio es tan completo cuanta mayor es la altura de donde se ha caído.
Pero en medio de su dolor, doña María Ana sentía más que el paso dado por el rey, la separación de don Fernando de Valenzuela que calculaba como una necesaria consecuencia.
No se ocultaba a la reina el odio que el rey, el príncipe don Juan y toda la nobleza profesaban a Valenzuela.
Don Juan de Austria había llegado al palacio del Buen Retiro, y Madrid celebraba su llegada con grandes muestras de regocijo.
Y mientras en el Buen Retiro se reía y se gozaba y se recibían los plácemes y los regalos de la nobleza, la reina gemía en la soledad, y Valenzuela esperaba el destierro o la muerte.
Así se pasó otra noche.
A la mañana siguiente, la reina recibió una orden del rey en la que se la prevenía que saliese inmediatamente para Toledo.