Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Doña Inés se dirigió al duque que precipitadamente se acercaba, pero el duque al verla ir a su encuentro, dio la vuelta y se retiró sin saludarla.

Doña Inés comprendió cuánto quería decir aquello y volviéndose a su padre, exclamó:

—No hay esperanza.

—No la hay, vámonos —dijo el marqués.

Y dando el brazo a su hija salieron violentamente y subieron en la carroza.

Los que les habían visto llegar tan orgullosos rompiendo por medio de la muchedumbre, y después les veían salir pálidos y silenciosos, comprendieron lo que había pasado, y más de una sonrisa burlona asomó a los labios de los que con más envidia les habían visto entrar.

Doña Inés y su padre no hablaron en todo el camino una sola palabra, pero al encontrarse dentro ya de su casa, doña Inés dijo:

—Padre, es preciso partir cuanto antes a México.

—Para cumplir la orden —contestó tristemente el marqués.

—Para ocultar nuestra vergüenza —exclamó la joven.

Y llorando de rabia se encerró en su aposento.


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