Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Estaban cerca de la cámara de S. M.; los acontecimientos habĂan relajado un tanto la etiqueta, y como todos deseaban ver al rey, Ă©l habĂa dado orden de que se anunciara a todo el mundo.
—El marquĂ©s de RĂo Florido y su hija —dijo el marquĂ©s al gentil-hombre de cámara que estaba de guardia con el rey.
El gentil-hombre entró para hacer anunciar al marqués.
Tardó mucho en salir y el marqués comenzaba a inquietarse y doña Inés le calmaba.
Por fin el gentil-hombre salió, pero no dijo al marqués que pasase sino que le entregó un pliego cerrado.
Doña InĂ©s pensĂł luego que serĂa algĂşn nombramiento.
El marqués abrió el pliego, leyó y se puso pálido como un cadáver.
—¿QuĂ© es, padre mĂo? —dijo.
—Lee —dijo trémulo el marqués.
Inés leyó y se puso pálida también.
—Una orden —dijo— para que vos y yo salgamos inmediatamente para la Nueva España.
—¿Por qué causa?
—No lo alcanzo: pero allà llega el duque de Alburquerque; él nos dirá y sabrá salvarnos.