Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Señora, todo esto se os debe a vos.
Al día siguiente vio partir al príncipe don Juan de Austria que iba a unirse con el rey y supo que la reina estaba impedida por orden de Carlos II de salir de palacio.
Valenzuela había caído arrastrando a la reina en su desgracia: doña Inés estaba vengada.
La hija del marqués de Río Florido se sintió orgullosa con aquel triunfo.
Había conseguido vengarse, la faltaba ahora cimentar su poder.
Todos los señores de la corte se apresuraban a felicitar a Carlos, y el marqués y su hija no quisieron ser de los últimos, tanto más cuanto que se consideraban ya de la casa real.
El marqués y su hija salieron en una soberbia carroza y se dirigieron al Buen Retiro.
Doña Inés iba radiante de felicidad y de orgullo.
Entraron a palacio con toda la firmeza del que penetra en un país que ha conquistado.
Los corredores, los patios, los salones estaban llenos de damas y de caballeros, y con mucho trabajo Medina y doña Inés llegaron a atravesar entre la muchedumbre.