Las dos emparedadas

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XVI

De cómo hubo un doctor que en vez de curar a su enfermo agravó su mal

Poco tardó en saberse en la corte que don Fernando de Valenzuela estaba retraído en el convento del Escorial.

Todos eran enemigos suyos en aquella hora, no porque realmente le aborrecieran, sino por hacerse agradables a los ojos del rey y de don Juan de Austria, cuyo odio hacia don Fernando era muy conocido.

Don Fernando había encontrado en el Escorial a un fraile que había sido para él una providencia.

Fray Ángelo era un hombre evangélico: él consolaba a don Fernando; él le animaba a sufrir con resignación su destino; él en aquel mar de tribulación, le mostraba el cielo como la suprema esperanza, con el descanso apetecible.

Fray Ángelo refirió a don Fernando que él había sido el que asistió en el último trance a don José de Mallades.

La amistad entre el sacerdote de Jesucristo y el valido de la infortunada doña María Ana de Austria nació en medio de la desgracia, se nutrió con el infortunio, se afirmó en el evangelio.


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