Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Porque fray Ángelo tomaba su biblia, y leía a don Fernando las palabras llenas de unción del hijo de Dios, y Valenzuela sentía remontar su espíritu, y entonces las desgracias de la tierra le parecían pequeñas, y un rocío consolador caía sobre su corazón y estaba tranquilo.

Porque nunca está el alma dispuesta a sentir el aliento benéfico de la religión como un medio de la amargura.

Porque el llanto de la desgracia hace retoñar y florecer el árbol de la fe.

Y la fe es el olvido de los dolores y de las penas; porque la fe es la realización en el presente de lo que sólo está en las nubes del porvenir; porque la fe es más que la esperanza convertida en realidad, porque la fe nos muestra como presentes las cosas que deben suceder, pero con colores tan vivos, con luces tan claras, que si estuvieran ante nuestros ojos no serían tan bellas.

Don Fernando y fray Ángelo salían algunas veces a pasear en los jardines del monasterio.

Una tarde conversaban tranquilamente; el padre fray Ángelo hablaba de la vanidad de las glorias humanas cuando un jardinero llegó corriendo, sofocado y pálido.

Apenas podía hablar, y desde lejos hacía señas que ni fray Ángelo ni Valenzuela pudieron comprender.


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