Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Qué hay, hijo mío? ¿Qué tienes? —dijo adelantándose a su encuentro fray Ángelo.
—¡Ay! señor —contestó el hombre— oculte vuestra paternidad al señor don Fernando, que vienen a prenderle.
—¿Vienen a prenderle? ¿Pero quién?
—Mucha tropa, muchas gentes; están muy cerca; yo se los he oído decir: a mi madre le han preguntado en el camino si estaba aquí don Fernando de Valenzuela.
—¿Y qué dijo tu madre?
—Que no sabía… ¡Ah! señor, mire vuestra paternidad entre los árboles; se ven venir, brillan las armas…
—En efecto por allí les veo… se acercan… venid, don Fernando; venid, yo os salvaré.
Y fray Ángelo, seguido de don Fernando, se entró precipitadamente al convento.
Atravesaron varios claustros hasta llegar a la celda de fray Ángelo.
—Entrad —dijo el padre.
Don Fernando entró y fray Ángelo cerró por dentro la puerta.
—Ahora —continuó— voy a mostraros un escondite incómodo por cierto, pero que nadie conoce sino yo, y donde nadie podrá encontraros: no hay que perder tiempo.