Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Y diciendo esto abrió un armario en donde había algunos libros y una poca de ropa; hizo jugar el tablero del fondo que se abrió, dejando ver una entrada oscura y estrecha.

—Entrad ahí —dijo fray Ángelo.

Don Fernando vacilaba.

—Entrad, no desconfiéis; esa entrada conduce a una pequeña escalerilla que os permitirá llegar hasta el vacío que deja el artesón con la bóveda; allí os podréis acomodar; molesto será os repito ese alojamiento, pero seguro; entrad que oigo ya los pasos de los soldados.

Don Fernando se decidió y entró. Fray Ángelo volvió a colocar el tablero; puso en orden los libros y la ropa, y cerró el armario.

En este momento llamaron fuertemente a la puerta de la celda.

—Voy, hermano, voy —dijo con una voz perfectamente tranquila fray Ángelo— voy, no hay que impacientarse que estoy rezando el oficio divino.

Y tomando un breviario que sobre una mesa había, le abrió como si estuviera rezando y se adelantó a abrir, en tanto que los golpes de fuera se redoblaban.

—Vamos, ¿qué se ofrece? —dijo abriendo por fin la puerta— ¿qué obliga a los señores soldados a venir a llamar con tal urgencia a la celda de un pobre fraile gerónimo?


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