Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Los oficiales que iban con aquellos soldados no se dignaron ni contestar, entraron a la celda y comenzaron un verdadero y escrupuloso registro.
Todo lo abrían, todo lo examinaban. Fray Ángelo les seguía en sus pesquisas exclamando de cuando en cuando con un aire verdaderamente candoroso:
—Válgame Dios, y qué cosas que andáis haciendo en esta celda: supongo que todo lo volveréis a poner en orden.
Los soldados nada contestaron, pero después de haberse convencido de que no estaba allí lo que buscaban, uno de ellos preguntó a fray Ángelo:
—¿Tiene alguna salida esta celda?
—Sí —contestó con admirable inocencia fray Ángelo— tiene.
—¿Y dónde está?
—Allí mismo, por donde habéis entrado por ahí es la salida.
—Este fraile es un bendito —dijo un soldado.
—O un tonto —agregó otro.
Y todos salieron de la celda diciendo cual más cual menos alguna cosa picante a fray Ángelo que lo escuchaba todo sin dar una sola muestra de impaciencia.
Fray Ángelo luego que salieron de su celda los soldados cerró la puerta y siguió detrás de ellos.